Sus quizás

Me dice mi madre, a través de la cámara del ordenador, que si aún me duele el corazón. Sonrío y le digo que no, que todo está bien. Sabe que miento, pero para eso están las madres, para escucharnos, y no a través de las palabras.

Verás, madre, pienso, he pasado el día limpiando la casa de la destrucción del fin de semana. El sábado pasó como una ráfaga de viento caliente. Me dediqué a destrozar aún más lo que quedaba del caos del día anterior. No recordaba ni mi nombre, me dolía la cabeza, y me daba igual. Descubrí hoy un par de fotos de estos días y quedé gratamente sorprendido del poco bochorno al que me había sometido.

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Pimienta huele a tabaco

Me levanté esta mañana temprano, muy temprano, por primera vez feliz en mucho tiempo. Sentí, aún tumbado en la cama, que recuperaba mi buen humor, mi cinismo, mis ganas de tomar el sol. Sentía la cabeza despejada tras una noche de honesto descanso y todas las dificultades parecían desvanecerse bajo la fuerza de una energía positiva que no sentía desde… no sé, no sé cuándo la perdí. Pero recuerdo que la hallé, como siempre la hallo, cuando cambio de ciudad.

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Detallitos

Pues sí, son los pequeñitos detalles los que me recuerdan el desastre que soy. Parece que la burbuja no funciona, y me encuentro, dos meses más tarde, pensándote sin parar. Esto va a ser algo patético, quizá quieras olvidarlo hasta que quedemos –¿quedamos?– y tras veinte cervezas lo recuerdes y te rías a pulmón limpio.

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La lata; el melocotón

Creo que soy algo, algo ya existente antes de que a mi madre se le ocurriera darme a luz. Parece, me doy cuenta, que no soy más que parte de un colectivo genérico e impersonal que actúa de cierto modo, vive de cierto modo. Y voy vagando por la vida, sin pena ni gloria, considerando como éxitos pequeñas mejoras que ya estaban predestinadas a ocurrir. Predestinadas, sí; he usado la palabra. ¿De qué otro modo se podría describir? Sigue leyendo

Igual

El mundo es oscuro. Quizá es que tengo hambre, o que no he comido nada de calidad desde antes de ayer. Quizá es que vi esta tarde el primer capítulo de la séptima temporada de The Walking Dead, y es terrible. Te deja un mal sabor de boca y de espíritu que te hace plantearte el por qué de ver todas esas series que te atontan y te mantienen pegado a un televisor en las horas muertas del día. Pero podría decir dos cosas, hasta ahora. Que odio, o empiezo a odiar, o quizá solo sea hoy, la palabra «quizá». Quizá pasen las cosas por un motivo, quizá no. Quizá solo estemos aquí tú y yo para entretener al destino un rato, hasta que se canse y nos lance al abismo del que procedemos y al que vamos. Quizá ese destino no sea más que una palabra hueca que pretende ocultar que realmente queríamos decir Dios. Pero entonces entramos en temas que nos incomodan, a mí, a ti, a todos ellos, porque quizá, y solo quizá, debiéramos referirnos a las cosas por su nombre en vez de promover rodeos para parecer más seculares.

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Sin desayuno

Despierto en una situación extraña. Una cortina me barre la cara, un vaivén me zarandea de lado a lado y luces blancas me ciegan; huele extraño, estoy tumbado. Unas manos –que no una persona, sólo unas manos– se aferran a la barra metálica de la cama y me empujan, hilera tras hilera de luces, interrumpidas cada poco por la sombra del soporte para goteros. Se oye un ascensor, entramos, y al poco noto, solo por un segundo, los órganos de mi cuerpo aplastarse contra el suelo. Esa sensación de ascender tumbado, como si el destino te agarrara de la cintura y te dijera «ven a mí» mientras te arrastra hacia las nubes. Se abre la puerta y entre mis pies veo corretear gentes de bata blanca, caras largas, ojeras, una mirada perdida que abandona su desdén en la fregona moribunda que roza el suelo.

Me empujan aquellas manos dentro de una habitación, cruzamos el espacio vital de otro hombre tumbado («¡hola socio!»), y me apuntalan junto a la ventana. «Señora –digo. Debí carraspear– ¿puede apagar la luz, por favor?». Las manos se separan del hierro de la cama y aparece un rostro hastiado, que carraspea y se aleja, dejando en el olvido mis palabras, las de un fantasma.

La una de la mañana. Me han subido a planta.

Despierto, el segundo día de mi cautiverio, con un conjunto de filamentos introducidos en mi piel. Allá arriba, bolsas de plástico translúcido se estremecen al vaciar sus contenidos en mis venas, una gota cada vez. Respiro hondo, esperando oler a desayuno, pero no huelo tal.

Pues como podríamos tú o yo

Y ahora que parece que todo va bien me tumbo en el sofá y me rehago la pregunta que tanto tiempo condenado estoy a tratar de responder. Si escribo las frases al revés es porque me cojones de los sale. Me tumbo en el sofá, mirando el techo, notando el efímero fresco de un ventilador en mi piel. Acaba de terminar un capítulo de esos deprimentes y sin sentido de la televisión americana. La chica cantaba que aquella era su vida menos favorita, el protagonista (¿era ese el protagonista, realmente?) fumaba en una mesa de la esquina, emborrachándose con un licor desconocido al que parecía tener gran tolerancia. Se duerme, le llaman y se reúne con dos malditos policías más. Malditos porque son malditos, no los policías: éstos policías. En fin, que se reúnen junto a un anciano muerto en un banco y termina el capítulo. Y termina el capítulo y paré el tema y me tumbé en el sofá mirando el techo.

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Tu boca es de metal

Algún día escribiré un libro de esos en los que mentiré sobre mi vida para hacerla más bohemia. No lo leerá nadie, no lo leerán en las cafeterías, ni por las mañanas al despertar, mientras la gente toma zumo de piña ecológico y se mentaliza para convertirse de nuevo en un animal corporativo. Porque uno se piensa digno a ser olvidado de forma vaga, perdiéndose sus palabras entre páginas amarillas de librerías de segunda mano, con trenes por el techo y botones para resetear la propia vida. Uno se piensa digno de ser leído con curiosidad, en atardeceres de soledad, con algún cantante uruguayo lanzando notas melancólicas a través del altavoz.

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Uno

Uno se despierta tras una noche de mierda, mira el reloj en la mesilla y considera que aún es hora de dormir. Pone un pie en el suelo frío. Grita al modernísimo asistente de voz que ponga a Lori Meyers en los altavoces del salón. Se rasca el culo mientras mea; está cogiendo peso otra vez. Se tropieza con las botas que faltó desatar la noche anterior, observado por un gato indiferente. Se suena la nariz y se deja caer en el sofá, taza en mano. El tabaco se acabó, demasiada canela en el café. Mira con lástima el cenicero, valorando rescatar una colilla y darle un par de calos míseros por si el humo llega hasta el corazón. El café se enfría, la canción salta a un anuncio. Compre dos por el precio de tres.

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