Igual

El mundo es oscuro. Quizá es que tengo hambre, o que no he comido nada de calidad desde antes de ayer. Quizá es que vi esta tarde el primer capítulo de la séptima temporada de The Walking Dead, y es terrible. Te deja un mal sabor de boca y de espíritu que te hace plantearte el por qué de ver todas esas series que te atontan y te mantienen pegado a un televisor en las horas muertas del día. Pero podría decir dos cosas, hasta ahora. Que odio, o empiezo a odiar, o quizá solo sea hoy, la palabra «quizá». Quizá pasen las cosas por un motivo, quizá no. Quizá solo estemos aquí tú y yo para entretener al destino un rato, hasta que se canse y nos lance al abismo del que procedemos y al que vamos. Quizá ese destino no sea más que una palabra hueca que pretende ocultar que realmente queríamos decir Dios. Pero entonces entramos en temas que nos incomodan, a mí, a ti, a todos ellos, porque quizá, y solo quizá, debiéramos referirnos a las cosas por su nombre en vez de promover rodeos para parecer más seculares.

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Sin desayuno

Despierto en una situación extraña. Una cortina me barre la cara, un vaivén me zarandea de lado a lado y luces blancas me ciegan; huele extraño, estoy tumbado. Unas manos –que no una persona, sólo unas manos– se aferran a la barra metálica de la cama y me empujan, hilera tras hilera de luces, interrumpidas cada poco por la sombra del soporte para goteros. Se oye un ascensor, entramos, y al poco noto, solo por un segundo, los órganos de mi cuerpo aplastarse contra el suelo. Esa sensación de ascender tumbado, como si el destino te agarrara de la cintura y te dijera «ven a mí» mientras te arrastra hacia las nubes. Se abre la puerta y entre mis pies veo corretear gentes de bata blanca, caras largas, ojeras, una mirada perdida que abandona su desdén en la fregona moribunda que roza el suelo.

Me empujan aquellas manos dentro de una habitación, cruzamos el espacio vital de otro hombre tumbado («¡hola socio!»), y me apuntalan junto a la ventana. «Señora –digo. Debí carraspear– ¿puede apagar la luz, por favor?». Las manos se separan del hierro de la cama y aparece un rostro hastiado, que carraspea y se aleja, dejando en el olvido mis palabras, las de un fantasma.

La una de la mañana. Me han subido a planta.

Despierto, el segundo día de mi cautiverio, con un conjunto de filamentos introducidos en mi piel. Allá arriba, bolsas de plástico translúcido se estremecen al vaciar sus contenidos en mis venas, una gota cada vez. Respiro hondo, esperando oler a desayuno, pero no huelo tal.

Pues como podríamos tú o yo

Y ahora que parece que todo va bien me tumbo en el sofá y me rehago la pregunta que tanto tiempo condenado estoy a tratar de responder. Si escribo las frases al revés es porque me cojones de los sale. Me tumbo en el sofá, mirando el techo, notando el efímero fresco de un ventilador en mi piel. Acaba de terminar un capítulo de esos deprimentes y sin sentido de la televisión americana. La chica cantaba que aquella era su vida menos favorita, el protagonista (¿era ese el protagonista, realmente?) fumaba en una mesa de la esquina, emborrachándose con un licor desconocido al que parecía tener gran tolerancia. Se duerme, le llaman y se reúne con dos malditos policías más. Malditos porque son malditos, no los policías: éstos policías. En fin, que se reúnen junto a un anciano muerto en un banco y termina el capítulo. Y termina el capítulo y paré el tema y me tumbé en el sofá mirando el techo.

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Tu boca es de metal

Algún día escribiré un libro de esos en los que mentiré sobre mi vida para hacerla más bohemia. No lo leerá nadie, no lo leerán en las cafeterías, ni por las mañanas al despertar, mientras la gente toma zumo de piña ecológico y se mentaliza para convertirse de nuevo en un animal corporativo. Porque uno se piensa digno a ser olvidado de forma vaga, perdiéndose sus palabras entre páginas amarillas de librerías de segunda mano, con trenes por el techo y botones para resetear la propia vida. Uno se piensa digno de ser leído con curiosidad, en atardeceres de soledad, con algún cantante uruguayo lanzando notas melancólicas a través del altavoz.

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Uno

Uno se despierta tras una noche de mierda, mira el reloj en la mesilla y considera que aún es hora de dormir. Pone un pie en el suelo frío. Grita al modernísimo asistente de voz que ponga a Lori Meyers en los altavoces del salón. Se rasca el culo mientras mea; está cogiendo peso otra vez. Se tropieza con las botas que faltó desatar la noche anterior, observado por un gato indiferente. Se suena la nariz y se deja caer en el sofá, taza en mano. El tabaco se acabó, demasiada canela en el café. Mira con lástima el cenicero, valorando rescatar una colilla y darle un par de calos míseros por si el humo llega hasta el corazón. El café se enfría, la canción salta a un anuncio. Compre dos por el precio de tres.

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I follow rivers

De todos modos, solo es un puto día más. Un día más, sumido en esta superficialidad que me caracteriza desde que aterricé en el descanso del antidepresivo alcoholizado. Paso las noches escuchando trap pensando en Rusia, pensando en Moscú. Los días transcurren, desde el momento en el que sale el sol hasta que pongo el pie en el suelo. La realidad se funde con el mundo feliz de prados verdes y muñecos de colores, que rodea la constante inclemencia del politiqueo absurdo. Pitillos absorbidos con desgana, oscuridades de cuero, ojos morados, sangre en los puños olvidada tras máscaras simpáticas. Qué lejos queda la violencia cuando uno finge en su interior.

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Morado

Me di cuenta esta tarde, observando a mi gata Pimienta tratar de morder la cremallera de mi chaqueta, de la insustancial existencia que vivimos –y por ello promulgamos– en esta burbuja donde las palabras deciden el futuro de las acciones. Se sienta uno en una mesa, junto a un hombre que se presenta con el nombre de su empresa, cruza las piernas y adopta la postura aceptable de recepción recelosa de información. El hombre, vestido con traje y corbata morada, ensancha la sonrisa en el prominente rostro, abre las piernas y suelta un chiste de macho ibérico español. Los asistentes, clavados los hipócritas culos –tan culos como el mío, tan hipócritas como yo– en sus asientos, evitan la cuestión y pronuncian las palabras que dicta la decencia en semejante situación.

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Aún no me perdones

Anoche cometí un error. Un error de esos que te avisan con antelación que el punto de inflexión se aproxima. Lo sé desde la otra vez, cuando la inflexión llegó y todo aquello que parecía establecido se fue a pique con suma rapidez, acumulando error tras error, ocultándolos uno tras uno tras un velo superfluo que creía ser una cortina de hierro. Hasta que explota la mentira y se revela la podredumbre del ser, esa que te revela en quién te has convertido, sin esfuerzo que valga.

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Despropósito sin concluir

Fue volcar la botella de agua cliente sobre el cristal, subirme al coche a toda prisa y arrancar el motor. La noche seguiría enfriando el mundo durante dos horas más, cuando los primeros azules oscuros se divisaran en el horizonte, aclarándose poco a poco hasta adquirir el familiar tono del cielo en las tierras donde nunca hace buen tiempo. Apreté el acelerador, moviendo mis entumecidas manos por el volante para salir de aquel estupendo y odioso aparcamiento justo en frente de la casa de mis progenitores. Encendí el pitillo, di un sorbo de té, aún con la bolsita colgando, y me largué a toda prisa del pueblo, antes de que el espíritu de la Navidad confundiera mi mal humor.

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