Uno

Uno se despierta tras una noche de mierda, mira el reloj en la mesilla y considera que aún es hora de dormir. Pone un pie en el suelo frío. Grita al modernísimo asistente de voz que ponga a Lori Meyers en los altavoces del salón. Se rasca el culo mientras mea; está cogiendo peso otra vez. Se tropieza con las botas que faltó desatar la noche anterior, observado por un gato indiferente. Se suena la nariz y se deja caer en el sofá, taza en mano. El tabaco se acabó, demasiada canela en el café. Mira con lástima el cenicero, valorando rescatar una colilla y darle un par de calos míseros por si el humo llega hasta el corazón. El café se enfría, la canción salta a un anuncio. Compre dos por el precio de tres.

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I follow rivers

De todos modos, solo es un puto día más. Un día más, sumido en esta superficialidad que me caracteriza desde que aterricé en el descanso del antidepresivo alcoholizado. Paso las noches escuchando trap pensando en Rusia, pensando en Moscú. Los días transcurren, desde el momento en el que sale el sol hasta que pongo el pie en el suelo. La realidad se funde con el mundo feliz de prados verdes y muñecos de colores, que rodea la constante inclemencia del politiqueo absurdo. Pitillos absorbidos con desgana, oscuridades de cuero, ojos morados, sangre en los puños olvidada tras máscaras simpáticas. Qué lejos queda la violencia cuando uno finge en su interior.

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Morado

Me di cuenta esta tarde, observando a mi gata Pimienta tratar de morder la cremallera de mi chaqueta, de la insustancial existencia que vivimos –y por ello promulgamos– en esta burbuja donde las palabras deciden el futuro de las acciones. Se sienta uno en una mesa, junto a un hombre que se presenta con el nombre de su empresa, cruza las piernas y adopta la postura aceptable de recepción recelosa de información. El hombre, vestido con traje y corbata morada, ensancha la sonrisa en el prominente rostro, abre las piernas y suelta un chiste de macho ibérico español. Los asistentes, clavados los hipócritas culos –tan culos como el mío, tan hipócritas como yo– en sus asientos, evitan la cuestión y pronuncian las palabras que dicta la decencia en semejante situación.

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Aún no me perdones

Anoche cometí un error. Un error de esos que te avisan con antelación que el punto de inflexión se aproxima. Lo sé desde la otra vez, cuando la inflexión llegó y todo aquello que parecía establecido se fue a pique con suma rapidez, acumulando error tras error, ocultándolos uno tras uno tras un velo superfluo que creía ser una cortina de hierro. Hasta que explota la mentira y se revela la podredumbre del ser, esa que te revela en quién te has convertido, sin esfuerzo que valga.

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Despropósito sin concluir

Fue volcar la botella de agua cliente sobre el cristal, subirme al coche a toda prisa y arrancar el motor. La noche seguiría enfriando el mundo durante dos horas más, cuando los primeros azules oscuros se divisaran en el horizonte, aclarándose poco a poco hasta adquirir el familiar tono del cielo en las tierras donde nunca hace buen tiempo. Apreté el acelerador, moviendo mis entumecidas manos por el volante para salir de aquel estupendo y odioso aparcamiento justo en frente de la casa de mis progenitores. Encendí el pitillo, di un sorbo de té, aún con la bolsita colgando, y me largué a toda prisa del pueblo, antes de que el espíritu de la Navidad confundiera mi mal humor.

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Melancolía, Inacabado II

Esta noche tuve un sueño. En mi sueño eras feliz, tenías hijos, pasabas tardes de otoño en los prados. Llevabas un vestido blanco, pelo libre al viento, y ya no recordabas más la vida de la que huiste al marcharte de aquí. Tus hijos eran hermosos, corriendo sobre la hierba húmeda, con sus chaquetitas y sus piernas torpes. El cielo era un mar embravecido de nubes oscuras, y en la tierra reinaba la calma. Dudé un instante en el sueño, medio despierto, en mi fría habitación. La luz de la mesilla proyectaba un haz sangriento que se mezclaba con la luz de las farolas de la ciudad. Dudé entre la realidad de humo y el sueño cálido que arropaba las horas débiles de la mañana, cuando aún no ha salido el sol y el cuerpo se resiente entumecido.

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Frío en los huesos

Me senté esta mañana en la repisa del balcón, mientras el sol permanecía oculto y llovizna caía de nubes oscuras. Crucé las piernas y me dejé empapar de aquel agua silenciosa, gotas resbalando de mi frente a mi nariz, perdiéndose en el efímero momento de caos que separaba mi rostro del frío mármol bajo mis pies. A lo lejos, una tenue fila de luces desfilaba por la autovía en dirección a la ciudad, pasando bajo el cartel azul que anuncia la salida del polígono. El viento soplaba de aquella forma extraña, donde los pelos de los brazos se erizan pese al silencio abrumador de su paso. Inhalé profundamente, exhalé con resolución, y al abrir los ojos mi gata me observaba con ojos curiosos, balanceando su vida con la mía en la repisa del balcón.

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Semi

Se resumía la vida en aquel hombre descalzo, metido en la fuente, pelando un plátano junto al perro. Zaragoza en los primeros días de otoño, cuando aún no se nota el cambio de temperatura. La gente deambulando, habiendo recuperado el destino que perece al dar la bienvenida al calor. La chica comía helado de un cono de galleta, lamiéndose los labios y mirando la estatua de Goya que decora la plaza principal. Detenida la vida, tiempo ausente en momentos inestables e increíbles, que mueren cuando uno piensa en el final del camino, en aquel lugar donde todo viaje acaba, que algunos se empeñan en llamar hogar.

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